Tenía 25 años y estaba recibiendo a mi primer hijo, Franco. Como madre primeriza, lo esperaba llena de incertidumbres y temores. Luego de un trabajo de parto extenso y finalmente una cesárea, lo tuve en mis brazos. Sumamente pequeño, lleno de arruguitas, ni siquiera cejas tenía porque había adelantado un mes su llegada… Requería mucha atención para ganar peso y paciencia hasta que su aparato digestivo madurara completamente.
Alimentarlo era el objetivo fundamental de mi vida. Pero él se encargaba de alimentar mi corazón de amor cada vez que lo ponía en mi pecho. Eso era sublime. Nos conectábamos desde las miradas. Ese momento era nuestro, una paz deliciosa nos envolvía y si por alguna razón yo me distraía y corría mi mirada un momento, al volver ahí, lo encontraba nuevamente, con sus ojitos fijos en mí, esperándome… recuerdo ese tiempo como un estado de felicidad absoluta (creo que sólo las mamás podrán entenderme plenamente!).

 

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